Virus, Teatro y Comunidad: El Teatro como ensayo del reencuentro social

 In Reflexión Crítica

Por José Alberto Gallardo

 

¿Qué es lo natural?¿Qué sería lo natural, frente a lo que estamos viviendo?

Todos sabemos que nuestra especie, extravió hace siglos -milenios- su lugar natural en el ecosistema: con la agricultura, el hacinamiento y el posterior desarrollo civilizatorio y tecnológico, terminó por sustraerse de la natural cadena alimenticia o en todo caso, a colocarse de forma tramposa en su cima. Curiosamente, hoy nuestro mayor depredador, no quiere alimentarse de nosotros sino que de alguna forma, nos volvamos él hasta destruirnos. El virus -invisible, inenarrable, inexpugnable e ilocalizable- y para el que no existe además ni narrativa, ni marco teórico ni referencial para intentar comprenderlo ni mucho menos cura; pareciera espetarnos en la cara -literalmente- que no hay escapatoria, por más que nuestra civilización se halla afanado en comprobarlo: el ecosistema vive porque sacrifica a algunos de sus miembros, continuamente. Y hoy, a propósito de algunas reflexiones de Byung Chul – Han en torno a las consecuencias de la pandemia, pienso en la perpetua resistencia a la muerte que como idea de desarrollo, civilización y bienestar, hemos defendido como especie. Prácticamente en ello consiste en el imaginario colectivo, la realización personal y la idea de bienestar: lograr adquirir un refugio suficientemente resistente a los embates meteorológicos, un poder adquisitivo para contar con la nutrición -orgánica y artificial- capaz de evitar las enfermedades y prolongar la vida, para contar con los químicos suficientes para evitar el envejecimiento, para poseer un seguro médico que garantice una reacción inmediata ante cualquier amenaza a la vida y finalmente, un fondo de retiro que pueda perpetuar lo anterior. Todo ello a costa de la devastación del planeta y el exterminio del resto de las especies.

Así que, ¿qué es lo natural? ¿Qué sería lo natural? Desde luego que en este distópico presente, no se trata de convocar una forma de utopía declarando que lo natural sería entregarse al contagio y a la probabilidad de morir por su causa. Se trata quizá, de preguntarnos si cuanto hemos defendido y como lo hemos defendido, es todavía defendible.   Y ello también en el Teatro. Es evidente que ante el virus, quienes menos recursos tienen, más expuestos se encuentran. Y eso no es selección natural. Eso es crueldad capitalista. Chul – Han prevé lo que de alguna forma ya estamos viviendo: la instalación de un temor al otro, la extinción del contacto físico, la extinción de los convivios presenciales, el aumento de la vigilancia y el control como consecuencia del miedo en escalada de pánico generalizados. Como dice él: un tiempo de sobrevivencia como en un estado de guerra, en el que para sobrevivir, habrá que renunciar a todo aquello que da sentido a la vivencia.

¿Será ello lo natural?

Pienso entonces, también en el Teatro.

¿Qué es lo natural hoy para el Teatro? No tanto, qué será lo natural cuando la cuarentena se levante -aunque también-, pero antes, hoy, ¿qué es lo natural para el Teatro? ¿Este coma inducido? ¿Esta prótesis que significa la pantalla y lo virtual? ¿El silencio? ¿La reflexión?

¿Para qué el Teatro sobreviva, habrá que renunciar a lo que le da sentido?

Si la voracidad del virus es consecuencia de la irracional e inclemente devastación del ecosistema y se ha incrementado por la desigualdad social, la alimentación industrializada, la autoexplotación y la explotación capitalista; ¿habrá más bien que modificar esos elementos que lo propician o mejor perpetuarlos existiendo bajo mascarillas plásticas y cubrebocas, sana distancia y confinamiento? ¿Cómo opera esto para el Teatro? ¿Es lo natural, la relación a través de la pantalla? ¿Entregar finalmente la totalidad de nuestros afectos, impulsos, imaginación y “contacto” a lo virtual, cuando ya de por sí, gran parte de nuestra experiencia de realidad se hallaba secuestrada por ello? Más aún, cuando los índices bursátiles de las compañías virtuales (Google, Apple, Amazon, Netflix, Facebook, etc) van a la alza y demuestran que poco importa que se pierdan vidas si ello propicia un ambiente fértil para el mercado de sus acciones.

Pienso entonces, sobre todo, en el Teatro. ¿Cómo en el Teatro, cuando existen tan evidentes y atroces prioridades?

Me confieso rebasado. Mentalmente. Espiritualmente. Anímicamente. No es nostalgia ni tristeza, tampoco pánico ni incertidumbre. No es ausencia de Fe ni ocio o energía acumulada. No es ansia, depresión o justificación existencial. Llego a creer que durante un tiempo, no me será posible nombrarlo, que puedo compararlo y que algún terapeuta haría lo propio: “esto es similar a cuando…” “el síntoma es comparable a estados de…” Pero nadie dirá: Esto es lo que se vive por el COVID – 19. Porque “esto”, se ha vuelto inenarrable. ¿Pero no acaso, el Teatro, ha sido el espacio para diseccionar lo inenarrable? Si el impacto del virus contra el organismo humano apenas puede ser narrado de forma científica por los notables estudiosos que lo investigan; ¿cuánto más el impacto contra los intangibles de nuestra existencia, más aún, siendo que el propio virus es prácticamente uno de ellos, un “intangible” (no así la evidencia de su voracidad)? Así que, el Teatro, bien puede ser ese espacio que vuelva a poner en escena el pasmo, el paroxismo, el pánico, la incertidumbre, la inmovilidad. Pero ¿cómo? si hoy el convivio presencial es imposible y pronto existirá sólo de manera restringida y vigilada…

Tal vez es imposible si seguimos concibiéndolo a él y a sus aspiraciones, como antes. Así que, pienso en principio en renunciar a todo intento de equiparar nuestro Teatro a la noción de “producto”, implicando en ello, renunciar también a la idea del espectador como “consumidor”. Sé que leído así, resulta no sólo básico sino hasta cliché -aún cuando no sólo productores y colegas sino hasta la política misma, se afane en lo contrario (llega a imaginarse una “industria teatral”). Pero sus implicaciones pueden ser tan profundas, como proclives a una ¿reinvención – retorno?, conceptual: Privilegiar una relación de comunidad. Hemos concebido en muchos casos (¿la mayoría?), a los espectadores como una masa dada por hecho que de alguna forma participará en la función, haciendo que tal relación muy pocas veces se personalice. Procuramos además -por más que en muchos casos (¿la mayoría en el Teatro Experimental?) se halla fracasado en ello, como primer contacto, una “difusión” que tiende igualmente a lo masivo. En contrapunto, la comunidad tiende a la personalización, al interés mutuo, al contacto directo. Si ya la pandemia impone una restricción en cuanto a aforo, imagino al Teatro como una experiencia personal y mucho más dilatada y no circunscrita únicamente a la hora de función, dilatada en camino a la formación de pequeñas comunidades ya no de espectadores, sino de participantes o para mal citar a Dubatti, de “conviviantes”. Los artistas, actores, diseñadores, dramaturgos, podríamos expandir también nuestras propuestas: obras que comiencen desde la llamada telefónica como primer contacto y que se prolonguen a varios episodios. Experiencias vivas que procuren la presencia por otros medios que no sean la internet (la llamada telefónica, el envío postal, la mensajería de objetos y elementos sensoriales -música, imágenes, instructivos espaciales-). Y entonces, quizá, en el encuentro cercano y prolongado de comunidad, el paroxismo de este tiempo pueda comenzar a ser diseccionado y finalmente, halle sus vocablos para narrarse y entonces, el embate de los elementos que sostienen al virus, su estridencia y demanda de ser consumidos al extremo, hallen la resistencia de lo innecesario, de lo contemplativo, del tiempo suspendido en comunidad que se opondría a la prisa del tiempo en favor de lo masivo.

Al interior de la comunidad, la confianza se acrecienta y el cuidado mutuo aflora naturalmente; así, las restricciones podrían relajarse un poco y el contacto incrementarse, aunque sea unos milímetros.

El simulacro que vislumbraba Müller, es hoy vital.

Vital no para sobrevivir sino para evitar el estado de sobrevivencia que prevé Chul – Han en el que sobrevivir implica renunciar al sentido mismo de la existencia.

Y el Teatro, puede ser ese espacio donde ensayemos el reencuentro social basado en la confianza.

 

En http://teatromexicano.com.mx/8687/virus-teatro-y-comunidad-el-teatro-como-ensayo-del-reencuentro-social/

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